8.10.05

Me siento embotada, como si estuviese bajo agua en uno de esos trajes de buzo pre Costeau. Mis movimientos son lentos, demasiado lentos. Mi concentración nula. Y me duele todo el cuerpo. Que todo esto lo haga un simple virus tiene cuanto menos su extraño sentido del humor cósmico. El primer resfriado del otoño. No hay estado que me ponga más melancólica, yo, que callejeo todas las tardes, que soy inmune al aburrimiento. Y como cada tarde he salido a pasear por mi feo pueblo. Desde mi barrio arrabalero, años 70, mayoritariamente de origen andaluz, he subido al centro. Los viernes aquí son un prodigio de actividad. Femenina mayoritariamente. Mujeres con niños, mujeres con bolsas de compra, adolescentes por parejas, reuniones de corro delante del centro cultural. Todo el mundo a la rambla. Esquivo esa calle, paseando por la paralela. Parecen lugares a quilómetros de distancia. Zigzagueo cediendo el paso a los abuelos hasta encontrar la bocacalle adecuada. Miro de reojo por si me ven. Todos aquí nos conocemos y no quiero pensar que alguien piense que me hago la encontradiza. Nada más lejos. Más cuando en vez de encuentros protagonizamos desencuentros. Que actitud más adolescente la mía, más cuando hace tiempo renegué de todas las maldiciones de esa época de mi vida: de mi carácter empollón y retraido, de mi pareja fija que iba a ser para toda la vida, de cuando cualquier nimiedad se te hace un mundo. Se vive intensamente la adolescencia. Seguro que es a causa de algún proceso químico perfectamente documentado e investigado. Ya nada es sagrado. Banda sonora de esta nota: Ferrol de Los limones

1 comentario:

Chiringui dijo...

Te lee gente creeme.